Buenos Días
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No creo en Papá Noel, no creo en Dios ni en Karl Marx. No creo en nada que mueva al mundo

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– ¿Qué va a hacer con el dinero?
– No lo sé, probablemente asentarme en algún lugar del Caspio con una de sus lanzadoras de disco rubias. No puedo ir a casa.
– ¿No le importa dejar su país?
– ¿Y qué ha hecho mi país por mí? Trabajé 18 años en el servicio y me echaron como si hubieran sido 18 minutos.
– ¿Por qué trabajabas para ellos?
– Por dinero.
– ¿Sólo por dinero?
– Era un trabajo.
– ¿Lo habría hecho en cualquier parte por cualquiera?
– Soy un técnico, Fiedler. Tan solo un técnico.
– Pero no un técnico comunista.
– Oh, por Dios.
– Cristiano, entonces.
– No creo en Papá Noel, no creo en Dios ni en Karl Marx. No creo en nada que mueva al mundo.
– ¿Pero cómo puede dormir? Tiene que tener alguna filosofía.
– Me reservo el derecho a ser ignorante. Ese es el modo de vida occidental.
– No podría haberlo expresado mejor. Cree que la ignorancia es una gran contribución al mundo del saber. Lucha por la ignorancia.
– Váyase al infierno.
– Mire, solo quiero saber por qué. ¿Cuál es el motivo?
– Verá, yo inventé el motor de combustión y el pañal doble. Soy un héroe de la Unión Soviética. Llevo la Orden de Lenin en el trasero. Insensato, soy un hombre, ¿no lo entiende? Un ser humano normal y corriente, estúpido y confuso. Los tenemos en Occidente, ¿sabe? Eso es todo.
– ¿Por eso se convirtió en espía? Su trabajo y el mío nos permiten quitar vidas humanas. Si quiero matarle, y solo puedo con una bomba en un restaurante, le mataré. Es lo que haré. Todos los días muere gente inocente. Igual puede hacerlo por algún motivo. Luego podemos hacer un balance puramente académico: murieron veinte hombres, quince mujeres y nueve niños. Y avanzamos tres metros. ¿Qué hay de usted?
– Si tengo que romperle el cuello prometo hacerlo con el mínimo de fuerza.

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Martin Ritt es una figura relativamente poco conocida en el mundo audiovisual. Dirigió más de veinticinco películas, entre las cuales se encuentran títulos como El largo y cálido verano, Hud y Odio en las entrañas. No es de extrañar que entre las películas poco conocidas de algunos autores se encuentren sus obras más definitorias y emblemáticas. Es el caso de El espía que surgió del frío, magistral adaptación de la novela homónima de John LeCarré.

La historia gira en torno a Alec Leamas, un agente secreto británico que se hace pasar por traidor para espiar a varios líderes comunistas detrás del Telón de Acero (la historia guarda ciertas similitudes con Cortina rasgada de Alfred Hitchcock). La película está contextualizada en plena Guerra Fría y protagonizada por un inconmensurable Richard Burton, que le da a su personaje una aureola decadente e inmoral, casi trágica, tan turbia como su vida personal. A ello se le añade una dirección sobria y madura, con una planificación expresionista al comienzo y naturalista al final, que le sirve a la película para jugar con el contraste emocional de Leamas.

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