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El baile de los panecillos, imprescindible en Nochevieja

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923. Estaba en casa de Mary Pickford y Douglas Fairbanks, pasando la tarde, curioseando unas tarjetitas de estas que dicen que se ven en 3D -estereoscópicas-, algunas retrataban zonas cercanas a Alaska. Charlie Chaplin tuvo una revelación… una idea… un argumento. Pensó en aquellos diez mil hombres llamados por la fiebre del oro a explorar y explotar esas tierras a finales del XIX. A la mente le vino también otro gélido episodio al que ya había dado un par de vueltas antes, el que ocurrió en Sierra Nevada, California, entre 1846 y 1847: la malograda expedición Donner.

“Leí un libro sobre la expedición Donner, que, camino de California, equivocó la ruta, quedando bloqueada por la nieve en las montañas de Sierra Nevada. De ciento sesenta pioneros sólo sobrevivieron dieciocho; la mayoría de ellos perecieron de hambre y de frío. Algunos practicaron el canibalismo, comiéndose a los muertos; otros asaron sus botas para apaciguar el hambre. De aquella horripilante tragedia concebí una de las escenas más graciosas de la película. Sintiendo un hambre espantosa, hiervo mi bota y me la como, chupando los clavos como si fueran huesos de un delicioso capón, y devorando los cordones como si fueran espaguetis. En este delirio del hambre, mi socio está convencido de que soy un pollo y quiere comerme.” (Autobiografía)

Hasta allí, hasta Sierra Nevada -pero retratando la Alaska de 1898-, se fue a rodar durante un año y cuatro meses La quimera del oro, lo que surgió del mix de estos dos sucesos, dos derrotas del hombre suscitadas por otro mix peligroso: la ambición y la avaricia. Derrota, ambición, avaricia… temas de los que Chaplin sacó buen partido haciendo humor, evitando el drama que tras ellos hay escrito, escondiendo el drama – más justo decir-, detrás de la risa.

El vagabundo pasa hambre, el vagabundo pasa frío, el vagabundo es pícaro, el vagabundo trabaja en lo que puede y le ofrecen, resiste, se enamora, le rompen el corazón… reconquista y de alguna forma equilibra la balanza de la justicia. La fórmula de Chaplin es eficaz, la usó en La quimera del oro y prácticamente en todos los cortometrajes y largometrajes en los que este personaje es el protagonista. Pero nunca repitió la misma historia. Esta en concreto fue considerada una de las tres grandes películas del siglo XX (por delante El acorazado Potemkin, empatada con El ladrón de bicicletas).

Quizá por eso dijo Chaplin que quería ser recordado por esta obra, la misma que recomendamos revisitar antes de la próxima Nochevieja para después imitar este momento sobre la mesa -dando tiempo más que suficiente para ensayar-… sea en familia o sea en soledad.

Así se imaginó el vagabundo la Nochevieja de 1898 en un lugar de Alaska, en un hogar frío pero lleno de alma. Chaplin rememora con esta escena otra mítica, la que rodó Fatty Arbuckle en 1917. Aquí tienen señoras, señores, al auténtico creador del baile de los panecillos…

Y aquí al que se fue a la nieve antes de que Chaplin rodara tamaña película: Buster Keaton en Frozen North (1922)

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