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Crítica de ‘La familia Bélier’, de Eric Lartigau

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oda la familia Bélier es sorda salvo Paula (Louane Emera), la hija mayor. Su padre, su madre y su hermano pequeño dependen de ella para comunicarse con los demás. Son de origen humilde: viven en una pequeña finca a las afueras de un pueblo aún más pequeño y se sustentan vendiendo productos caseros en el mercado popular. La normalidad en la vida de la familia da un giro radical cuando el padre, Rodolphe (François Damiens), decide convertirse en aspirante a la alcaldía del pueblo y sustituir al corrupto alcalde Lapidus (Stephan Wojtowicz). Mientras Paula le ayuda con la campaña electoral, su profesor de música del instituto, Fabien Thomasson (Eric Elmonsino), encuentra en ella un talento brillante para el canto. La joven Paula se encontrará en una encrucijada: o bien continúa consumiéndose ayudando a su familia sorda o bien deja atrás su vida rural para viajar a París y estudiar en una escuela de canto profesional.

Algunos éxitos de taquilla de los últimos años han sido comedias sencillas, alejadas de lo descabellado y mucho más cercanas al realismo. Son lo que vulgarmente se conoce como comedias trágicas. Uno de los primeros vestigios recientes de este tipo de comedia llegó con la maravillosa Mejor… imposible de James L. Brooks a finales de los 90. Un gruñón Jack Nicholson con trastorno obsesivo compulsivo enamoró a medio mundo con la que es, para muchos, la mejor interpretación de su carrera. Más reciente, en 2006, se estrenó Pequeña Miss Sunshine, la historia de los Hoover, una familia desequilibrada que decide hacer un viaje desde Albuquerque hasta California para llevar a la pequeña Olive a un concurso de belleza. En 2011 Intocable rompe las taquillas y consigue que tanto crítica como público se postren ante la historia real de un inmigrante a cargo de un aristócrata tetrapléjico. Tres películas sencillas, divertidas, sinceras en su planteamiento, profundamente realistas y bien rodadas e interpretadas.

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Pero ¿qué parecido guardan Mejor…imposible, Pequeña Miss Sunshine o Intocable con La familia Bélier? En primer lugar todas son películas familiares, protagonizadas por un grupo muy reducido de personajes bien diferenciados que, si bien no siempre guardan estrictos lazos de sangre, sí se comportan como si los tuvieran. Son obras formalmente clásicas, donde el drama y la comedia están equilibrados, en perfecta armonía con una narrativa discreta. En todas priman las interpretaciones antes que la fotografía o la banda sonora, y sus personajes, entrañables a su modo, se comportan entre ellos como un grupo inseparable, cotidiano, aunque a veces esa misma cotidianidad acabe por sacar de quicio a más de uno de ellos. Muchas veces son personajes fracasados o problemáticos, aquejados de alguna enfermedad incurable (en el caso de los Bélier la sordera), que buscan un chispazo de aventura en la monotonía de sus vidas. Y, lo más importante, son comedias dramáticas que no se centran en lo trágico de la vida, sino que miran su lado positivo y evitan caer en los tópicos sentimentales.

Si La familia Bélier funciona tan bien es precisamente por el hecho de evadir la lágrima fácil, un sentimentalismo barato que lastra la mayoría de las comedias dramáticas. El director, Eric Lartigau, encuentra en la tragedia de una familia sorda y extremadamente humilde una llama de viveza y la aprovecha para hacer reír al público. Un padre que se enfada con facilidad y que aprovecha su sordera para insultar a los que odia, una madre excéntrica que no para de intentar aparentar normalidad y un hijo desinhibido al que parece darle todo un poco igual son los protagonistas del filme. A su lado está la joven Paula, la única persona de la familia que no es sorda y que tiene que cargar con el día a día de su familia. Tímida, con un talento para el canto del que ni siquiera ella misma es consciente, enamoradiza como cualquier adolescente y con pocos amigos, constituye el ejemplo típico de personaje entrañable y bonachón.

Paula es previsible en sus acciones, y más tratándose de un estereotipo adolescente. Sin embargo está rodeada de personajes ambiguos, a veces difíciles de comprender. El profesor Fabien, un músico venido a menos, paga con sus alumnos la frustración de tener que dedicarse a la docencia en un instituto de segunda. Es estricto, odia sus clases y está amargado por lo que pudo ser su vida profesional pero al final no llegó a ser. Aunque la historia requiera darle un poco de humanismo, Fabien es como el maestro Fletcher de Whiplash: alguien a quien solo le importa triunfar a costa de sus alumnos; unos alumnos a los que infunde sus valores y su grandeza para hacerlos mejores que él. Por otro lado cabe destacar la relación entre Paula y su familia cuando esta última descubre que quiere irse a París a una escuela de canto. La primera reacción de unos padres ante la noticia de que su hijo tiene la posibilidad de triunfar es la de regocijo, con su consiguiente aprobación. No obstante, los Bélier, en especial la madre, se mantienen reacios a la marcha de Paula, principalmente por razones egoístas: saben que si ella se va la vida va a ser mucho más difícil para ellos. Aunque al final Rodolphe acaba apoyando a la niña, la madre nunca termina de ver clara su partida.

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La familia Bélier no es una película perfecta, pero sí contiene algunas secuencias memorables, de esas que quedan para la posteridad en el acervo de recuerdos cinéfilos. La escena en la que Rodolphe comprende que debe dejar marchar a su hija es, probablemente, una de las más sensibles (que no sensibleras) de toda la película: al acabar el primer concierto de Paula, y frustrado por no poder escuchar la voz de su hija, le pide que cante en mitad de la noche mientras él presiona con la mano su garganta. Sentir la vibración de sus cuerdas vocales es como un hechizo que le abre los ojos, y acto seguido comprende que si no deja “escapar” a Paula, nunca podrá triunfar en la vida. Como cualquier padre sensato, está dispuesto a todo para que su hija sea feliz.

 Al final Lartigau es realista: no pretende crear moralinas sobre la igualdad de oportunidades ni un final utópico en el que todos ganen. Por un lado la familia sorda queda recluida en su casa, apartada, alejada de la fracasada campaña electoral y haciendo su vida como antes de que naciera Paula, incomunicada, escondida. Por otro queda Paula, sola en un mundo nuevo y desconocido que le abre las puertas a un futuro lleno de grandeza. Igual que pasaba con la tetraplejia irremisible de Philippe en Intocable o con la muerte del abuelo en Pequeña Miss Sunshine, la vida continúa, y si los Bélier quedan fracturados para siempre por la marcha de su hija es por el simple hecho de que no siempre se puede ganar. El director lo entiende bien, y aunque peca de darle dramatismo a la secuencia final – una secuencia tan forzada en su planteamiento trágico que parece no acabar nunca – no se regocija en la desgracia y siempre mira el lado positivo. Por tanto, tiene mérito, y una película con mérito siempre merece la pena.

En conclusión, La familia Bélier es una comedia dramática ágil donde el drama no se excede en sensiblerías y donde la comedia, si bien no es desternillante, sí tiene momentos extremadamente divertidos. La película tiene sus imperfecciones (quizá algunas lagunas narrativas podrían haberse evitado con un poco más de metraje), pero se subsanan con un reparto notable y unos personajes que se hacen querer. Además, es realista a la hora de poner de relieve un planteamiento cada vez más importante en los tiempos que corren: si queremos superar la adversidad de la vida tenemos que reírnos de nosotros mismos.

 

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La familia Bélier
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· Año: 2014
· Duración: 105 min
· País: Francia
· Director: Eric Lartigau
· Guión: Victoria Bedos, Thomas Bidegain, Eric Lartigau
· Fotografía: Romain Winding
· Reparto: Louane Emera, Karin Viard, François Damiens, Roxane Duran, Mar Sodupe, Eric Elmosnino, Ilian Bergala, Luca Gelberg, Clémence Lassalas

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