Buenos Días
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¡Tú empujaste a mi hija a la bebida! ¡Tú la enviciaste!

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– Ya te lo advertí, Joe. No vengas por aquí.
– Tengo que hablar con usted de algo muy importante… Es muy importante para mí. ¿Kirsten ha ido a alguna parte?
– Sí, ha ido al cine. ¿Has venido a hablarme de Kirsten?
– No, papá. Le diré para qué he venido: quiero que hagamos cuentas. Empezaré por devolverle aquellos 500 dólares que usted nos prestó cuando Kirsten y yo intentamos empezar de nuevo. Lo gastamos casi todo en borracheras. No nos esforzamos demasiado en salir adelante. Le mentimos entonces. Y como sé que le cuesta ganar el dinero…
– Tú empujaste a mi hija a la bebida.
– Por favor, escuche.
– ¡Tú empujaste a mi hija a la bebida! Estando aquí con su madre y conmigo nunca bebía. Nunca le dimos ni una cerveza. ¡Tú la enviciaste!

El final de El Ángel Ebrio dejaba una moraleja esperanzadora, Días sin huella tenía un final feliz y Leaving Las Vegas acababa con su protagonista de forma trágica. Sin embargo, Días de vino y rosas es ambigua, muy diferente de todas las demás. Por un lado su protagonista es un hombre decente que no parece ser consciente de sus problemas con la bebida; por otro, el nudo de la película no consiste en que su personaje principal acabe o no destrozando su vida, sino que su enfermedad (porque es así como lo consideran) acaba contagiándose a su mujer, que hasta conocerle nunca había probado el alcohol. La verdadera tragedia de Días de vino y rosas es ver cómo la pureza y la estabilidad de la joven se ve vapuleada por los desvaríos alcohólicos de su marido. Y como no podía ser de otra manera, él acaba rehabilitándose y llevando una vida digna mientras que ella deambula por callejones inhóspitos en busca de la eterna “última copa”.

El retrato que hace Blake Edwards del alcoholismo es el más triste de los cuatro. Deja de lado la moralina y la tragedia personal y profundiza en el desequilibrio emocional. Lo que hace verdaderamente interesante Días de vino y rosas es que no critica las consecuencias individuales del vicio de sus personajes, sino cómo las debilidades de estos afectan a sus seres queridos: un padre anciano desesperado por la pérdida de su hija, una niña que busca una madre que la cuide y una mujer maleable por el mal humor de su marido borracho. Edwards retrata cómo el mundo estable de la gente inocente se ve destruido por culpa de las adicciones de sus seres más cercanos. El cineasta consigue crear una película honesta, profundamente melancólica.

Mención aparte merecen Jack Lemmon, fuera de su registro cómico habitual, y la banda sonora de Henry Mancini, inolvidable, acorde con la solitaria desesperación de los protagonistas. Además, la secuencia final, con Lee Remick vagando por las calles solitarias de San Francisco, acompañada únicamente de un letrero de neón de bar, dejando atrás a su marido, su hija y todos sus sueños y recuerdos, es una de las más devastadoras de la historia del cine.

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