Buenos Días
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Rosetta se come un huevo duro… e intenta descansar

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Si uno se pone a buscar una película triste y dura la viene a la cabeza una ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes: Rosetta de los hermanos Dardenne. Rosetta es una chica de 18 años que tras su periodo de becaria es despedida sin razón, os suena, esta película ganó en 1999 en el siglo pasado, en el milenio pasado, pero se me hace tan actual que deprime a Bob Esponja. Rosetta vive en una vulgar caravana con una madre que se ha rendido y ha caído en el alcoholismo, pero la bella Rosetta (Émilie Dequenne) no se rinde y lucha día tras día por encontrar un lugar en la mierda de sociedad en la que le ha tocado vivir. Pero por mucho que lo intenta la sociedad no le presta ni una mísera sonrisa. Obsesionada con que el mundo se la coma ya sólo quiere vivir en paz, no quiere glorias ni estrellatos, quiere un lugar.

La película se enmarca en ese movimiento Dogma que había sacado a la luz Lars Von Trier, cámara en mano, sonido directo, intenciones documentales para enfatizar en la tragedia del fracaso de las políticas sociales europeas. Contribuye al desarrollo de la trama, nos oprime, nos marea, nos angustia, nos hace compañeros de la pequeña Rosetta en su lucha por no caer en la marginación, en su lucha por encontrar un trabajo digno en una sociedad que la trata a patadas.

Es fácil a día de hoy sentir cercana la historia de Rosetta y uno no acostumbra a destripar finales pero en esta ocasión lo voy a hacer porque la miseria es la única esperanza para Rosetta. Nuestra pequeña luchadora se rinde y en un acto de locura se arranca a sellar su desvencijada caravana con la intención de aislarla de esa sociedad que tanto daño le ha hecho. Inunda su caravana de gas para decirle adiós a esta patética sociedad, pero en su afortunada desgracia se queda sin gas, y sin dinero para comprar más. Condenada a seguir luchando, a seguir viviendo en un mundo que le ha dado la espalda.

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