Buenos Días
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Me recordarás no porque fuera tu padre, sino porque di la vida en esta gran batalla…

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Comencé otra carta para Beda, pero estoy seguro de que no habría pasado… Te lo diré a ti, Mascha, y tú díselo a él: Lo que ahora quiero decirte, hijo mío, es para cuando seas adulto, para entonces los poderosos invasores habrán sido echados de nuestra tierra. Espero que estés viviendo en una tierra libre, donde gobierne el pueblo por y para él mismo. Serán días grandes para vivir… En una tierra donde todos los hombres, mujeres y niños tengan buena comida, y tiempo para leer y pensar, y hablar con otras personas por propia voluntad. Cuando lleguen esos días no olvides que la libertad no es algo que se posee como un sombrero o un caramelo. Lo auténtico es luchar por ella. Y tú me recordarás no porque fuera tu padre, sino porque di la vida en esta gran batalla.

Los verdugos también mueren, Fritz Lang (1943)

En verano del 42, pocos días después de la muerte de Reinhard Heydrich -quien fuera jefe de la Gestapo-, como consecuencia de un atentado de la resistencia checa, Fritz Lang, que ya vivía en Estados Unidos, decidió llamar a Bertolt Brecht para trabajar en un guión sobre lo sucedido. Juntos escribieron un tratamiento maravilloso -la técnica de Lang y la labia de Brecht, un mix explosivo-, habrían formado la pareja perfecta… si no fuera porque Brecht no tenía ni papa de inglés. Contrataron a John Wexley para que les ayudara a trasladar sus ideas al idioma en el que iban a rodar, pero hecho el trabajo éste tuvo la feliz idea de reclamar la autoría del guión como propia. Suerte que Brecht siempre dejaba su sello, quien le haya leído percibirá su esencia en esta Los verdugos también mueren, y en esta escena…

“La escena en la que Brennan (encarcelado por la Gestapo) dicta una carta de despedida a su hijo, que su hija tiene que aprenderse de memoria, solo podría haber sido escrita por Brecht. Y el poema final. También todas las escenas en la prisión de rehenes que luego el señor Wexley dijo que eran suyas. Es ridículo”. Palabra de Fritz Lang.

Otro alegato antinazi, cargado de diálogos que ponen los pelos de punta, plasmados sobre esa estética expresionista que Fritz Lang no llegó a abandonar -aunque sí difuminar-. Una película que seguramente hizo llorar a Hitler, pues era obra del que había sido su director favorito (hasta que Goebbels le ofreció la dirección de la UFA y, posiblemente acojonado ante semejante extraño trato de favor después de haberle censurado varias películas, voló a París).

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