Buenos Días
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Jacques, ¿qué te pasa?… ¡Jacques! ¡Jacques!

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– ¿Qué te ha pasado?
– No sé. No sabía lo que hacía.
– ¿Es tu enfermedad?
– Sí (…) Es como si un humo espeso me nublara la mente y me transformo en un perro rabioso… Y eso que no bebo. El alcohol me enloquecía. Estaré pagando por todos mis antepasados que bebieron. Generaciones de borrachos que me han podrido la sangre.

La bestia humana, de Jean Renoir

La bestia humana no hizo sino afirmarme en mi deseo de realismo poético. La masa de acero de la locomotora se convertía en mi imaginación en la alfombra voladora de los cuentos orientales. Zola, desde el fondo de su tumba, me ayudó con fuerza a mantenerme en ese plano ideal. Su novela está repleta de paisajes deliciosos y de poesía popular. Cito el siguiente pasaje: Séverine y Lentier se han citado en el jardincillo de las Batignoles. Es su primer encuentro. Lentier está tan emocionado que no puede articular ni una sola palabra. Con una leve sonrisa Séverine le dice: ‘No me mire así, se le va a gastar la vista’. No tiene importancia, pero había que pensar en ello. El ambiente de las locomotoras, de las vías muertas, de los escapes de vapor me inspira esta poesía, o más bien, se la inspira a los actores y los mete en la piel de su papel mejor que todas las explicaciones”

Palabra de Jean Renoir... No hemos elegido la secuencia que aquí describe el propio director, de hecho, no sabíamos muy bien cuál elegir, pues La bestia humana -como cualquier película del maestro-, es una lección de cine de principio a fin. Nos quedamos con dos propuestas, la del principio y la que viene a continuación: dos momentos clave en los que el ruido insoportable del tren consigue hipnotizar, tanto a los personajes como al espectador.

“Las tomas directas de escenas de ferrocarril eran muy peligrosas. La compañía de ferrocarriles francesa nos había prestado un troza de vía de uno diez kilómetros sobre la que podíamos, a nuestro gusto, poner en marcha el tren o pararlo. Detrás de la locomotora se había enganchado un vagón plataforma en el que estaba nuestro generador de electricidad para la iluminación. Detrás de la plataforma, un vagón normal allí instalado servía de sala de maquillaje y de lugar de descanso para los actores entre sus escenas. Cuando tomé la decisión de rodar con toda aquella impedimenta, me encontré con una dificultad. Me señalaron que las tomas con transparencias estaban tan perfeccionadas que era imposible notar la diferencia con las directas. Pero yo continuaba creyendo firmemente en la influencia del entorno en la interpretación de los actores. Afortunadamente gané. Nunca Gabin y Carette hubiesen estado tan reales ante una transparencia, aunque sólo fuera por el ruido, que les obligaba a comunicarse por gestos”

Más lecciones de Renoir… Ya otro día hablamos de la versión que Fritz Lang también hizo de la novela de Émile Zola.

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