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Entrevista a Hermes Paralluelo, director de ‘No todo es vigilia’

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“’No todo es vigilia’ surge de la necesidad de retratar a mis abuelos juntos; sus sentimientos, sus cuerpos, su manera de caminar, de respirar”

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a historia de una pareja de ancianos octogenarios, cada vez más enfermos y solitarios, le sirve a Hermes Paralluelo para elaborar un retrato de varias generaciones. Por un lado No todo es vigilia es un fiel reflejo de la vejez, de la soledad, del miedo a la muerte. Por otro, una forma de expresar cómo las generaciones más jóvenes ven a esos ancianos desenvolverse en un mundo que es cada vez más ajeno a ellos. El cineasta crea una obra universal, profunda en sus sentimientos (utiliza a sus propios abuelos como protagonistas) pero sencilla en su planteamiento.

La película tiene un ritmo pausado, donde los dos ancianos parecen ser una sombra de un recuerdo más que un elemento de la propia realidad. Los planos son oscuros, largos, y los personajes parecen escabullirse de la luz para no ser vistos y pasar desapercibidos. No hay música, solo una cruda y agobiante realidad. Poco a poco el director se va haciendo con el espectador, y lo que en inicio era una película sobre sus abuelos acaba convirtiéndose en la historia de los abuelos de cientos de generaciones. Charlé con Hermes Paralluelo en la terraza de la Cantina del Matadero, con el ruido de las obras de Madrid de fondo y un calor asfixiante que nos obligaba a cambiarnos de sitio cada vez que nos alcanzaba el sol.


 

Farrucini: Se dice que No todo es vigilia es un documental, aunque más bien es una película tan realista que a veces puede confundirse con un documental. ¿Cuál fue tu intención inicial?

Hermes Paralluelo: A mí me gusta decir que es una película de ficción. Si hay gente que dice que es un documental es porque todos los elementos que uso para construir a los personajes vienen de las personas que interpretan a esos personajes. Y quizás es también por cómo me aproximo a la obra. No todo es vigilia nace de una necesidad personal de retratar a mis abuelos juntos. A partir de ahí hay un deseo de elaborar una ficción para llegar a la verdad que veo en ellos. Para mí la ficción es la manera que tengo de contar su historia.

F: ¿Por qué la decisión de escoger a tus propios abuelos para protagonizar la película? ¿Es un homenaje a su figura o los utilizas para crear esa sensación de realismo casi documental?

HP: Ellos han sido los que han despertado todas mis ganas de hacer este proyecto, porque yo he tenido esa fascinación por retratarlos a ellos, por retratar sus sentimientos, sus cuerpos, su manera de caminar, de respirar. Esas particularidades construían toda la película y sin ello seguramente no existiría. Antes de empezar el proyecto tenía la idea de escribir una historia sobre dos personas mayores. Luego empecé a ver que esos dos personajes que estaba construyendo bebían mucho de mis abuelos. Pensé que igual era mejor perseguir la fuente, así que me puse a hacer ensayos con ellos.

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F: ¿Ha sido complicado trabajar con ellos? No son actores, son muy mayores, no estarían acostumbrados a la cámara. ¿Cómo ha sido este proceso?

“Las cosas nunca salen a la primera: hay que trabajar, ensayar, construir la historia entre todos”

HP: Pensé que iba a ser muy difícil trabajar con ellos, sobre todo por mi abuela, que tiene cierta fragilidad. Están mayores, se cansan, y para hacer una película hay que tener mucha energía. Recuerdo que cuando se lo planteé por primera vez intenté explicarles que habría que hacer un esfuerzo muy grande, intenté advertirles de los riesgos a los que se iban a exponer. Una vez que estuvieron allí empezaron los ensayos. Yo tenía una cámara pequeña con la que los iba grabando y les iba diciendo que pronto vendría un equipo con una cámara más grande. Tenía esa inquietud de cómo reaccionarían ellos cuando viniese toda la gente con el equipo. Y fue muy positivo, porque al final resultó no ser solo un capricho mío, sino que había muchas personas implicadas, mucha voluntad de que saliera el proyecto adelante. Mi abuela un día me dijo: “¿Pero a todos estos los mandas tú?”. Y yo le dije: “Sí”. “Pues sí que eres listo”, me contestó (risas). Ella estaba muy orgullosa de que hubiera un rodaje así. Como yo tengo una manera de trabajar en la que pienso que las cosas no salen a la primera, creo que hay que repetir, trabajar, construir entre todos, y no quería grabarlos desde fuera y que hicieran su vida, sino que buscaba que todos entendieran cuál era su parte. El momento en el que todo fluye es cuando cada uno trabaja desde sus posición y sabe lo que tiene que hacer.

F: ¿Y hasta qué punto tus abuelos son los personajes?

HP: A la hora de hacer la película no tenía ganas de inventarme mucho, sino coger todos los elementos de sus vidas y ponerlos frente a la cámara. La construcción de los personajes viene de lo que veo en ellos, de aquello que puedo materializar en una película. Una persona es una complejidad muy grande para retratarla en cine, y por eso acaban siendo personajes que viven lo más profundo posible. Pero al final todo lo que les ocurre, incluso las escenas más oníricas, todo eso es suyo.

F: ¿Los textos son improvisados o están preparados?

“’No todo es vigilia’ es una película con la que cualquier persona se puede identificar: da igual si es de México D.F. o de Los Ángeles”

HP: No, no son improvisados. Todos estaban escritos antes de hacer la película. Lo que pasa es que esos textos ya los había escuchado de boca de mis abuelos hace tiempo. Eso me parece muy bueno para el cine: que ya haya un peso en esos textos, una memoria, una base. Entonces los actores pueden conectar directamente con ello. El trabajo que teníamos en la película era tratar de organizar todo para que tuviese sentido. Pero los textos, al fin y al cabo, eran suyos. Incluso las escenas que desafían a la lógica, como aquella donde está mi abuelo en el hospital en una camilla y mira a los dos lados y ve a mi abuela, estaban basadas en la realidad. Él me había contado que le habían internado en urgencias y que al estar en cama miró a su izquierda y vio a su mujer, y que luego miró a la derecha y también estaba. Y él no sabía cuál de las dos era la de verdad. Para mí este es el material sobre el que trabajar, lo que está más relacionado con su drama. En la película no quiero dejar claro si todo esto es un sueño, si es un estado de mayor lucidez, si está pasando o no, sino que me gusta que todo forme parte de lo mismo. La vida está compuesta por distintas percepciones y el cine tiene esa misma capacidad de mostrar que todo forma parte de la vida, que todo es igual de importante, sea más o menos real.

F: ¿Crees que es una película universal o que está dirigida a un espectro específico de personas?

HP: Yo pienso que la película está para quien la quiera ver, para quien esté abierto a ver y escuchar imágenes y sonidos y las transformaciones que estos provocan en los personajes. La película ha tenido bastante recorrido por muchos países de Europa, por América Latina, por América del Norte y ahora va a ir a Taiwán. Yo he podido acompañarla en varios de estos sitios y he notado mucha cercanía. A pesar de ser una película personal sobre dos ancianos perdidos en un pueblo de Teruel, alguien de México D.F., de Mar del Plata en Argentina o de Los Ángeles puede llegar a identificarse con la historia.

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F: Temores, miedos, la cercanía de la muerte… ¿Cómo crees que afrontan estos personajes la vejez?

HP: El miedo a la muerte está presente de principio a fin en la película. También está concretizado en el miedo a la residencia, que para mi abuela es casi la muerte, porque sería perder la casa, la autonomía y estar separada de mi abuelo. Para ella eso es un imaginario muy aterrador. El miedo a la muerte es una idea que atraviesa toda la película, y va desde el hospital, con el extravío por los pasillos, hasta el encierro en casa. Esto también tiene que ver mucho con el miedo al exterior. Tienen miedo de que venga alguna noticia que les diga que se tienen que separar. Para mi abuela eso es un reflejo de la muerte. Ellos conviven mucho con ella. Hablan de la muerte cada día, con mucha naturalidad. Está muy metida en sus vidas.

F: Juegas mucho con la luz, usando planos muy oscuros. ¿Tiene algún significado o es tan solo estética?

“La sensibilidad es comprender. Nos hace más humanos”

HP: Tiene una línea dramática. Cuando ellos llegan a la casa abren las ventanas para que la luz entre y lo impregne todo. Pero luego, con el miedo a la residencia, a lo que venga del exterior, hace que se vayan encerrando, que se nieguen a lo que pueda venir de fuera, a la luz. Ese miedo va haciendo la película cada vez más densa, más oscura, y esto tiene que ver mucho con el miedo a la separación y a la muerte.

F: Intento hacer esta pregunta a todos los artistas con los que me entrevisto porque encuentro respuestas francamente interesantes. ¿Cómo crees que el arte influye en la vida de las personas? ¿Crees que debería estar más presente en el día a día?

HP: Seguro que debería estar más presente (risas). Cuanto más presente esté más humanos y sensibles nos volvemos. Me gusta hacer cine para volverme más sensible, pero ya de paso anhelo que aquel que vea una de mis películas pueda sensibilizarse más sobre algo específico. Al final la sensibilidad es comprender, hacernos más humanos. Supongo que ese sería el remedio para muchas cosas. Yo creo que el arte hace que seamos mejores. Hay grandes artistas de la literatura, músicos, pintores, cineastas que me han acompañado y me han configurado una sensibilidad.

F: ¿Algún ejemplo?

HP: Ahora mismo estaba pensando en Atahualpa Yupanqui (cantautor y músico argentino). Él habla mucho en sus canciones sobre qué parte debe ocupar el arte en la sociedad. Hay una letra suya que dice “poeta de tiernas rimas, de tanto mirar la luna ya nada sabes mirar, eres como un pobre ciego que no sabe a dónde va”. También hay otra que habla sobre un pintor que vino a retratar a un hombre y que solo le pintó el poncho pero no la hambruna que tenía. Él para mí tiene una idea muy lúcida de lo que debe ser el arte. El estadío más grande al que puede aspirar cualquier obra artística es llegar al anonimato, y que esa obra “sin autor” esté disuelta en todas las personas que la vean.

F: ¿Y alguna referencia cinematográfica? Es un poco una excusa para hablar de cine…

HP: En mi vida hay muchos autores. Yasujiro Ozu creo que me ha configurado mucho mi mirada cinematográfica. No sabría decir en qué medida no soy sus películas, se me hace difícil pensar cómo sería yo sin su obra. La primera vez que vi El sabor del sake no la soporté, me angustié, y eso a veces es bueno, el no poder soportar algo. Si indagas y buscas por qué no lo soportas a veces empiezas a descubrir tu propio universo.

F: Respecto al cine español, ¿cómo crees que va a evolucionar la industria en los próximos años?

HP: (Silencio…)

F: Difícil pregunta… (risas).

HP: Sí, la verdad. Lo industrial, las grandes producciones… soy un poco ajeno a todo eso. A esta industria a veces le va mejor, otras peor. Pero hay otro tipo de cine que siempre ha estado en lo precario y que, probablemente, siga estando así. El cine se entiende mucho desde lo industrial, desde un punto de vista que dice que hay que generar dinero, pero a veces creo que se debe entender más desde el punto de vista de que son bienes culturales… (Hacemos un parón mientras pasa una furgoneta con el himno del PP que nos ensordece). Esto debe ser parte de la campaña (risas). Son bienes culturales que van a hacer que el pueblo mejore. En Francia es el único sitio donde me han comprado una película para las librerías. Me parece increíble que pongan un precio por minutos a una película, que te compren los derechos para la red de bibliotecas durante doce años. Es algo sólido y aquí deberían hacerlo también. Todo el mundo debería tener acceso a bienes culturales.

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