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Entrevista a Álvaro Fernández Armero, director de ‘Las ovejas no pierden el tren’

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“Tuve mucha suerte al principio de mi carrera, pero luego he pasado bastantes sinsabores”

 

Por estos lares parece que poca gente se para a valorar la grandeza de los pequeños instantes, de esos que nos hacen sentir especiales y que sin embargo se repiten en unos y otros, una y otra vez, de la misma forma, con el mismo molde. Álvaro Fernández Armero sí repara en esos momentos, los recopila y los funde en un guión coral, se los adjudica a unos individuos sencillos por fuera y complejos por dentro y los expone para que nos miremos en el espejo. Comedia de personajes. Así define Álvaro el cine que nos quiere mostrar. La tragicomedia de la vida, que se ríe de la desgracia y se lamenta de la fortuna.

Y después de las risas y los llantos, de la exhibición de los triunfos y fracasos, y las esperanzas y desesperanzas de otros –las nuestras-, nos dice que nos apliquemos el cuento, que dejemos de ser ovejas, que dejemos de preocuparnos, que nos permitamos el lujo de descarriarnos del rebaño para encontrar la plenitud en otro lugar.

Las ovejas no pierden el tren es una película amable en apariencia, pero mete bien el dedo en la llaga: es un lobo disfrazado de cordero. Es una llamada de atención y una muy buena sugerencia para todo aquel que sienta que ha tocado fondo. Pero ante todo es una obra muy personal. Álvaro Fernández Armero desvela ante el público de Farrucini sus fuentes de inspiración.


Farrucini: ¿Te has tenido que rodear de ovejas para escribir este guión?

Álvaro Fernández: (Risas) ¡Bueno un poco sí! Estuve yendo a una casa que tenía alquilada para fines de semana, que es un planazo, en un pueblo de Segovia que se llama Cañicosa y ahí iba con mi chica y mi hijo. Y bueno es ahí donde me surgió un poco la historia, viendo ese paisaje, viendo las ovejas, las vacas…

F: ¿Qué referentes cinematográficos has usado para esta película?

A.F.: Sobre todo de la comedia francesa, en concreto del cine de Agnés Jaoui, también de películas como Pequeñas mentiras sin importancia, Mi mujer es una actriz… ese tipo de comedias francesas. Y por supuesto, siempre, Woody Allen, ¡cómo no! Woody Allen como referente y como inspiración.

F: Como guionista, ¿cuál es tu modus operandi? ¿Eres de los que escriben ideas en servilletas?

A.F.: (Risas) No… Me gustaría tener un método más claro, pero soy bastante malo con el método, soy muy caótico, y no consigo…. Escribo a ráfagas, no tengo una disciplina. Lo que sí hago, si de repente una frase o una persona que conozco, o una situación me obsesiona, me lo meto en la cabeza y a partir de ahí tiro del hilo. En el caso de Las ovejas no pierden el tren, uno de los momentos que me han inspirado más, una imagen, fue cuando yo estaba un sábado en Cañicosa con mi hijo que ahora tiene seis años -pues entonces tenía tres años-, y de repente estaba como cayendo la tarde, un frío que pela, en columpio, en un parque vacío, en mitad de la nada… y el sonido de las cadenas del columpio y mi hijo encantado ahí calladito en su columpio y yo empujando de forma mecánica y con la cabeza en otro sitio, preocupado por no tener dinero, o lo que me preocupara en ese momento que seguro que tiene mucho que ver con el dinero (risas). Esa imagen entre bucólica y desoladora es la imagen más clara de la película y está en la película.

F: Hay otra imagen que a mí me llamó poderosamente la atención: la del personaje de Inma Cuesta cuando, intentando meter las maletas en el coche, se ve invadida por unas ovejas que comienzan dar vueltas y más vueltas a su alrededor. ¡Entran literalmente en un círculo vicioso!

A.F.: (Risas)

F: ¿Refleja alguna pesadilla pastoril?

A.F.: ¡Eso surgió de forma improvisada! Estábamos rodando la escena y al colgar esa llamada telefónica que estaba interpretando Inma, las ovejas que estaban de figuración pasando por allí ¡de repente se pusieron a dar vueltas! Inma siguió, lo incorporó, y está montado así. Ni estaba escrito, ni se esperaba que ocurriera.

F: ¡Qué gran momento espontáneo!

A.F.: Sí… A veces rodando tienes mala suerte y otras veces, como es este caso, dices: “¡Madre mía! ¿A quién hay que agradecer esta maravilla que acaba de pasar?” Es totalmente espontánea y está ya ahí para siempre en la película, no es que yo la haya creado sino que la he encontrado. ¡Es una suerte!

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F: Otro momento clave en la película lo protagoniza el personaje de Alberto San Juan cuando grita: “¡pienso perder todos los trenes que me de la gana!” Pero realmente, analizando un poquito la historia, no es que los personajes pierdan el tren, es que el tren ni siquiera llega a la estación…

“Nunca imaginé que se iba a organizar el revuelo que se organizó con ‘El columpio’”

A.F.: Eso es como una metáfora sobre la metáfora. Utilizo el tópico de “perder el tren” para reivindicar lo contrario, decir: “pienso perder los trenes que me de la gana”, es un poco como si estuviera gritando “pienso dejar de preocuparme”, “¡estoy harto de estar preocupado!” Es lo que yo noto que nos está pasando, que vivimos en un estado de preocupación tal que hay un momento en el que dices, “bueno basta ya”. Él siempre estaba pensando: “¡uy qué miedo! ¡Uy que lo he perdido!” Toma un poco una actitud un poco más despreocupada, ¡porque esto no tiene solución!

F: Son personajes que de una manera u otra tocan fondo, tienen que volver a empezar… ¿cuántas veces te has visto tú en esa situación? ¿Cuántas veces has tenido que volver a empezar?

A.F.: La verdad es que, profesionalmente, cada vez que haces una película, incluso una serie, siempre vuelves a empezar. Pero en una película siempre, y concretamente yo cuando me metí en televisión tuve que abrirme un camino en el cual el ‘currículum de cine’, digamos, me ha valido hasta cierto punto, he tenido que hacer mi “meritoriaje” en la tele también, como si estuviera empezando de cero.

F: Quien asume que ha perdido un tren, no hace más que esperar y esperar la llegada de otro nuevo. ¿Hemos de asumir pues que la vida es ‘una espera’?

A.F.: Bueno… Digamos que el crearnos expectativas nos hace esperar más de la cuenta. Yo cuando me intento quitar las expectativas de la cabeza, conectar con el día a día, vivir el presente, todo adquiere menos peso. Nos cargamos en exceso de responsabilidad por crearnos continuamente una expectativa tras otra.

F: De hecho es uno de los trasfondos de Las ovejas no pierden el tren… Has llegado a decir que cumplir con las expectativas es misión imposible, pero todos nos las creamos y, ¡algunas se cumplen! Por ejemplo, en referencia a tu carrera, cuando rodaste en 1992 El columpio (Goya al mejor cortometraje), obviamente tenías expectativas, ¿han cambiado mucho desde entonces? ¿Las has cumplido?

“Escribí esta historia sin expectativas, sin esperar nada a cambio, solo por el placer de hacer algo que me pedía el cuerpo”

A.F.: A mí me han pasado las dos cosas. Al principio claramente me sorprendió lo que me ocurrió con El columpio porque mi intención simplemente era hacer un trabajo que me permitiera aprender, ver si yo era capaz de contar una historia en cine, ¿no? Ver si sabía rodar, si sabía pegar un plano con otro, ¡simplemente eso! Obviamente nunca imaginé que se iba a organizar el revuelo que se organizó. Y luego con Todo es mentira pasó algo parecido, entonces yo ya pensé que era todo muy fácil y que iba a ser sencillo levantar un proyecto, y otro… Pensé que podría decidir, que mi carrera cada vez iría a mejor. Y de pronto pues descubres que es muy complicado, que es una profesión muy complicada y estar ahí es súper difícil. Me llevé un chasco. Aterricé en la cruda realidad. He vivido los dos polos. He tenido muchísima suerte al principio, porque me ha permitido arrancar rapidísimo, esta es una profesión que lo normal es que te lleve mucho más tiempo y para mí fue de inmediato; pero luego he pasado bastantes sinsabores en todos estos años, la verdad. Ha habido momentos de todo tipo.

F: ¡Pero al final llevas años ahí aguantando! A dos de tus personajes, hermanos, uno periodista (Raúl Arévalo), otro escritor (Alberto San Juan), les ocurre algo así: han pasado los dos por momentazos profesionales, pero ellos llegados a un punto se ven obligados a cambiar de rumbo. ¿Tú temes eso? ¿Temes no poder volver a hacer cine o que se te acabe la inspiración?

A.F.: Sí claro… Claro que lo he pensado. Pero sobre todo no tanto por una cuestión de la inspiración sino por no saber… Por ejemplo, ahora yo otra vez vuelvo a estar sorprendido por cómo están funcionando las cosas de bien con la película porque pensaba que conseguir que una película así, que no tiene un concepto de comedia definido claramente, que es una comedia de personajes –que en España se hacen poco-, pensaba: “¿conseguiré no solo financiarla, sino además estrenarla en condiciones?” Al principio cuando me puse a escribirla ya decidí que eso no iba a ser posible, que tal y como está el panorama del cine español, que se buscan fórmulas muy concretas, comerciales o películas con un sello muy potente detrás, con un casting espectacular… tiene que ser algo muy rotundo, y yo con una comedia que es más personal, me preguntaba: “¿encontraré un hueco?”. Hacerme un hueco en la cartelera me parecía difícil. Y de repente he visto que mágicamente se han confabulado los astros y hemos conseguido estrenar la película en unas condiciones competitivas.

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F: Bueno, también es que es fácil empatizar con tus personajes, es un guión, como dices, tan personal, tan contemporáneo, que es fácil verse reflejado y que llegue.

A.F.: Sí, de lo que yo estaba seguro era de que, una historia de este tipo, que justo lo que busca es la empatía con el espectador, tiene que comunicar bien con el espectador; eso me preocupaba, pero también la situación en la que está la industria… Este tipo de cine que yo quería hacer, que es como la comedia francesa, en Francia cada año hay, yo que sé, como diez películas así, que la gente va a ver masivamente, que gustan muchísimo, son comedias de personajes que no tienen un concepto detrás, y la industria francesa alberga este tipo de productos, los financia y tienen estupendos resultados en taquilla. Hay un hueco hecho allí. Aquí no tenemos ese hueco. Entonces claro, por eso al principio me quité las expectativas (risas). Escribí esta historia sin tener que esperar nada a cambio, solo por el placer de hacer algo que el cuerpo me pedía.

F: ¿Cuál es el truco entonces para mantenerse vivo en esta industria, en este nuestro país?

A.F.: Pues… ¡primero tener paciencia! (risas) La paciencia es fundamental. Y luego pues tener muy claro que quieres contar cosas, yo creo que eso es lo más importante, cuando alguien tiene ‘la necesidad’ de contar cosas, creo que se puede acabar encontrando la manera de contarlas. El problema viene cuando eso no ocurre, cuando no tenemos nada que contar o no tenemos esa necesidad. Me preocupa más eso que las condiciones de la industria, que siempre son complejas, históricamente el cine español lo ha sido y seguramente lo será siempre.

“No tengo un plan B económico, pero sí vital o intelectual: hace dos años que estoy estudiando antropología”

F: Si como le ocurre a alguno de tus personajes no pudieses seguir ejerciendo tu profesión, es decir, si no pudieres hacer cine o si no pudieses trabajar en televisión, ¿qué harías?

A.F.: Yo un plan B económico no tengo, pero sí tengo un plan B vital o intelectual, que es estudiar. Yo sé que de eso no se vive claro (risas). Hace dos años que estoy estudiando antropología y… ¡me ha enganchado! He descubierto que me apasiona estudiar, me voy a la biblioteca todo el día, estudio y también trabajo a la vez en una biblioteca de la UNED. Entonces, yo sé que todo el tiempo que tenga libre en vez de estar ahí dándole vueltas a la cabeza pues lo intentaré dedicar a estudiar. Bueno, no es una ‘dedicación’ pero de momento es lo que más me motiva.

 F: Y además la antropología es un buen estímulo para crear personajes, claro.

 A.F.: Exacto. Es una carrera que está bastante vinculada con lo que hago.

 F: Fíjate, pensaba que me ibas a decir que te irías al pueblo a vivir…

A.F.: No (risas). Hombre, todos tenemos un poco esa idea, ¿no? Es una idea poética, la de dejarlo todo e ir al pueblo a vivir de la naturaleza, que conecta con todo el mundo, que en algún momento se le ha pasado por la cabeza, es como un proyecto de vida que puede estar ahí. Pero curiosamente a mí el campo me gusta a ratos, soy bastante de ciudad la verdad (risas). Para ir al cine y tal: la ciudad.

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