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‘El Evangelio según San Mateo’. La mirada profana de un cineasta sagrado

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ace unos años, el escritor y cineasta Gonzalo Suárez me confesó que, en su juventud, había jugado al fútbol con Jesucristo. El Mesías en cuestión era catalán y se hacía llamar Enrique Irazoqui, militaba en el anarquismo antifranquista y tuvo a bien realizar una acción de consecuencias impredecibles: acudir al despacho de Pier Paolo Pasolini para realizarle una entrevista para su libro Ragazzi di vita. El joven, que contaba con diecinueve años, no podía imaginar que acabaría convirtiéndose en el cazador cazado, ese pequeño milagro que el cineasta italiano necesitaba para emprender su nueva empresa. No buscaba a un actor como tal, sino un icono; a sus ojos, aquel estudiante de económicas era quien mejor representaba la imagen mental preconcebida de su ansiado protagonista. De este modo Irazoqui dejaría de ser el personaje anónimo que había sido hasta entonces para convertirse en otro diametralmente distinto: un rostro icónico, emblema de una película reconocida por toda una generación debido a su carácter renovador y transgresor, convertida posteriormente por el tamiz del tiempo -que todo lo acaba normalizando- en un clásico del cine. En un principio, el rechazo del papel por parte del español provocó el efecto contrario en Pasolini, ya que vio en su actitud un símil con el propio personaje, que se negaba a ser el elegido.

En el año 2014, el Osservatore Romano, diario oficial del Vaticano, calificó El Evangelio según San Mateo como la mejor película realizada sobre la vida de Jesús. Cincuenta años después de su estreno, esta noticia vino a enmendar una posición ideológica mantenida durante todo este tiempo que afirmaba justamente lo contrario. Y es que la película de Pasolini pronto recibió todo tipo de críticas por parte de los pensamientos más conservadores de la época, llegándose incluso a censurar. Bien es cierto que la polémica figura de su realizador tampoco ayudó a cualquier intento de conciliación. Pasolini fue un personaje incómodo, no sólo como cineasta o escritor, sino como lo que verdaderamente era, por encima de cualquier oficio: un librepensador, un escéptico, incapaz de asentarse en un pensamiento único y estable. Sus obras destilan esa ideología abierta al cambio tan característica y definitoria.

A pesar de su anticlericalismo, Pasolini reconocía el peso cultural que el cristianismo había ejercido sobre la civilización de la que él y sus antepasados eran herederos. Del mismo modo, destacaba de la figura de Cristo los valores humanos por encima de los divinos. Le interesaba su faceta revolucionaria y combativa, con la que trataba de despertar las conciencias de una sociedad anestesiada y corrompida por sus propios actos. Para Pasolini, la figura de El Mesías evocaba a la perfección ese líder ideal, capaz de sacrificar su propia vida con tal de reivindicar una justicia social.

El evangelio según San Mateo_3

Para demostrar la universalidad de la historia escogida, Pasolini decidió recrearla de una forma única, siguiendo siempre el ideario neorrealista. En un principio, durante la etapa preparatoria del proyecto, Pasolini llegó a desplazarse al escenario histórico donde tuvo lugar La Pasión, dejando testimonio de ello en el documental Sopralluoghi in Palestina per il vangelo secondo Matteo (1963). Finalmente, decidió trasladar la acción a escenarios italianos, escogiendo lugares tan característicos como Matera. En sus propias palabras, “bajo aquel sol ferozmente antiguo, aquel paisaje se convirtió en “su” Jerusalén.

La conclusión de un sueño amasado durante dos años…

En lo referente a los personajes, el italiano escogió a actores que, como Irazoqui, carecían de preparación previa. Este rasgo resulta característico en su filmografía, plagada de hombres y mujeres de presencia hierática e impresionante, como modelos de un retablo renacentista. Hay que añadir en este sentido que Pasolini se inspiró en la obra de Piero de la Francesca para presentarnos unos individuos de estética peculiar, no sólo en su vestimenta sino en sus rostros, de gran personalidad. No importaba mostrar la fealdad o la imperfección, puesto que éstos eran elementos que aportaban un mayor verismo al relato. Como dato curioso, cabe mencionar las participaciones de la madre del realizador, Susanna Pasolini, en el papel de la Virgen María ya anciana, y del filósofo Giorgio Agamben, interpretando al apóstol Felipe.

En cuanto a la imagen, la opción de filmar cámara en mano busca hacernos olvidar la artificiosidad de ese cine clásico de plano fijo y estático, sumergiéndonos en este otro mundo que nos recuerda más al cinema-verité del género documental, en el que Pasolini realizó también alguna interesante incursión, como Appunti per un’Orestiade africana (1970). El ojo que observa a través del objetivo escoge también lo que nosotros, como espectadores, vamos a ver, convirtiendo así su ojo en el nuestro. De este modo se desplaza, recorriendo subjetivamente los detalles de la escena, deteniéndose caprichosamente en aquellos que pudieran tener mayor relevancia, pero sin desatender el conjunto.

Aunque la banda sonora tenga un compositor oficial, Luis Bacalov, la película posee música de procedencia muy diversa, transitando aquellos lugares que tradicionalmente parecen más idóneos, como el oratorio clásico La pasión según San Mateo de Juan Sebastian Bach, o dando un giro de ciento ochenta grados con el género del Espiritual Negro con la canción Sometimes I Feel Like a Motherless Child.

El evangelio según San Mateo_2

El resultado de la conjunción de todos estos elementos es absolutamente sorprendente. La conclusión de un sueño amasado durante dos años, desde una noche de octubre de 1962 en que Pasolini leyó por vez primera El Evangelio según San Mateo, tras lo cual sintió una “energía terrible, casi física, casi manual”, unida a una fuerte “emoción estética” que le impulsó a “hacer algo”.

En la actualidad, existe una tendencia hacia la desmitificación biográfica por parte de la literatura y del cine. Esta necesidad por mostrar a personajes relevantes de nuestra civilización desde un punto de vista excesivamente humano e incluso vulgar, ha terminado por crear historias que, por demasiado cotidianas, acaban convirtiéndose en anodinas e intrascendentes. Un ejemplo reciente lo podemos encontrar en la película de Mike Leigh sobre el pintor William Turner. Aunque puede afirmarse que El Evangelio según San Mateo sentó cátedra en este cambio de paradigma, lo cierto es que esta nueva imagen del hijo de Dios no pierde un ápice de su trascendencia, sino que más bien la subraya al hacerla más humana y cercana al público.

A pesar de tratarse de su tercer largometraje, Pasolini demuestra ser uno de los cineastas más interesantes de su época, manifestando que en el cine no todo estaba inventado, sino que podía haber nuevas formas de narrar lugares comunes tan antiguos como éste, tras tantas adaptaciones a sus espaldas.

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