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De cuando Luis Buñuel descubrió el cine en ‘Farrucini’

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“En 1908, siendo todavía un niño, descubrí el cine. El local se llamaba “Farrucini”. Fuera, sobre una hermosa fachada con dos puertas, una de entrada y otra de salida, cinco autómatas de un organillo, provistos de instrumentos musicales, atraían bulliciosamente a los curiosos. En el interior de la barraca, cubierta por una simple lona, el público se sentaba en los bancos (…) Las primeras imágenes animadas que vi, y que me llenaron de admiración, fueron las de un cerdo. Era una película de dibujos”

Esto es lo que cuenta Luis Buñuel sobre su primera experiencia con el cine en Mi último suspiro. Habla del local de un hombre de origen catalán –dicen por ahí que en realidad era italiano- que se hizo famosillo en la Zaragoza de principios del siglo XX por acercar la ilusión a propios y extraños. Antes de asentarse en la tierra que vio crecer al cineasta, aquel hombre había recorrido gran parte de la geografía española con una barraca que, al parecer, no dejaba a nadie indiferente. El nombre de aquel hombre era Enric Farrús, y su, primero barraca y después teatro-cine, no se llamaba Farrucini, sino Farrusini.

Esta confusión fonética de Luis Buñuel podría tener una explicación más o menos coherente. Decía él que no era un hombre de letras, así que confió en su querido amigo Jean-Claude Carriére para ayudarle a escribir sus memorias. Palabras, frases, párrafos, páginas, capítulos de vida extraídos de diferentes conversaciones mantenidas entre España y México, México y España. Quizá Jean-Claude escuchara la historia de cómo Luis Buñuel descubrió el cine mientras trabajan juntos en el país azteca, quizá Luis se lo contó en castellano con acento mexicano –todo puede ser-, o en francés con acento mexicano –muy posiblemente-, quizá Jean Claude no le entendió del todo bien –quién sabe-, y quizá por eso en Mi último suspiro haya quedado plasmada la palabra Farrucini y no Farrusini. No somos quienes para corregir ni al maestro Carriére ni al maestro Buñuel, respetamos lo escrito o dicho por ellos. Aunque sea una simple errata, así quedó en papel y así se queda en la red.

Los dibujos animados de la infancia de Buñuel

Escogimos este nombre para bautizar esta humilde página de cine porque nos parecía bonito evocar la ilusión con la que uno recuerda su primera película, como la evoca Luis Buñuel. Es bonito sí… Pero… ¿Acaso alguien recuerda de verdad la primera película que vio en su vida? Los recuerdos se distorsionan y los de la niñez a veces incluso se inventan. Buñuel tenía 8 años cuando -según dijo- descubrió el cine, recuerda una película de dibujos animados sobre un cerdo y matiza que era una película en color. ¿Qué película pudo ser? ¿Cuáles eran las películas de animación que estaban en boga en 1908? Pocas… En realidad para algunos solo las de un tal Émile Cohl. Aquel año ese dibujante francés presentó al mundo la considerada primera película de dibujos animados de la historia: Fantasmagorie.

A Fantasmagorie le siguieron muchas más, ¡cientos! Su Fantoche particular sufrió todo tipo de perrerías y sirvió de inspiración a multitud de animadores. Pero hay debate entre los historiadores, no son pocos los que se niegan a creer que la de Cohl sea la primera película de dibujos animados de la historia y claro, rebuscando en latas viejas los escépticos encuentran cosas como esta:

Una película creada por J. Stuart Blackton en 1906 a la que puso el título de Humorous Phases of Funny Faces, sí, dos años antes de que se diera a conocer la ‘primera película de dibujos animados’ –véase que decimos de dibujos animados y no de animación a secas para evitar que los groupies de Segundo de Chomón y Méliès se nos echen encima-.

El caso es que tanto la película de Cohl como la de Blackton tienen un elemento real que rompe la magia: una mano que dibuja y desdibuja sobre una pizarra. Este pequeño ‘desliz’ fue utilizado por Winsor McCay para presentarse a sí mismo en 1911 como “el primer artista que intentó dibujar dibujos que se moverían”. Y como el personal tampoco tenía mucha fe en él decidió hacer una demostración empírica del cómo en su primera película: Little Nemo. ¡Encima en color! Puede que ésta se parezca más a esa primera película que dice Buñuel que vio en el cine Farrusini, aunque las fechas no concuerden, aunque en lugar de ocho tuviera once, o alguno más, -total, ¿qué son tres, cuatro o cinco años cuando hablamos de toda una vida?-.

Con todo esto no queremos decir que Luis Buñuel sea un mentiroso o calcule mal… Quizá sí vio dibujos animados en color con ocho años, pero quizá aún no eran ‘cine’. Los dibujos animados llegaron a este mundo de ilusión antes que el séptimo arte. Y… antes también que los mencionados dibujantes estaba… Charles-Émile Reynaud. Sus ‘películas’ Pauvre Pierrot! y Clown et ses chiens se proyectaron en 1892, pero dicen los puritanos que eso no es cine, que eso es “teatro óptico” –y es verdad-.

De dibujos animados a cine de terror…

Lo dicho, es probable que Buñuel distorsionara sus recuerdos… o los tuviera entremezclados… o que alguien le contase alguna vez lo que se veía en Zaragoza cuando él era un niño y creara de  esa descripción un momento vital -como hacemos todos-. Sí, estamos especulando, pero hemos de decir en nuestra defensa que él mismo se ha contradicho: si bien habló a Jean-Claude Carriére de aquellas imágenes animadas de un puerco como las primeras que vio, Tomás Pérez Turrent y José de la Colina recogieron en Buñuel por Buñuel estas declaraciones también referidas al primer film que pasó ante sus pupilas:

Había un matrimonio que vivía en una casa aislada en el campo: se veía a un paralítico en un sillón y a su mujer. La mujer lo mataba. Luego el fantasma del paralítico se aparecía en el sillón y la mujer gesticulaba horriblemente

Nada que ver con la de aquel simpático animal. El cerdo en cualquier caso tampoco es que forme parte de su imaginación, pues a estos dos autores también les habló de él. A ellos no les dio la fecha exacta, pero sí el lugar donde pudo ver aquella película: no, no era el cine Farrusini del señor Enric Farrús, sino el cine Coyne del señor Ignacio Coyne. Conclusión: no sabemos a ciencia cierta cuál fue la primera película que vio Luis Buñuel en su vida, tampoco dónde la vio. Pero sinceramente, eso nos da igual -aunque si alguien sí lo sabe no estaría de más que lo compartiera-. Lo interesante es que él intentó buscar un punto de inicio, el origen de su inspiración, y lo hizo conectando con su infancia…  Más que de imágenes sobre una pantalla, se acordaba de instantes, de cuando desde la ventana de la casa de su prima se asomaba junto a ella a ver las películas que proyectaban en un cine de la calle de Los Estébanes, de cuando tapiaron aquella ventana y ellos hicieron un agujero en el tabique para seguir observando.

¿Y a qué venía todo esto? ¡Ah, sí! Que queríamos nosotros haceros pensar en la primera película que recordáis haber visto, no en la primera que os han dicho que habéis visto. Nosotros tenemos alguna imagen en mente y sí… está bastante distorsionada, pero recordamos, o creemos recordar, la compañía.

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