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Crítica de Güeros, de Alonso Ruizpalacios

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C

uando Alonso Ruizpalacios describe su película, habla de un viaje tanto físico como espiritual: físico por cada rincón de México DF, de punta a punta literalmente, y espiritual por la crisis existencial por la que camina la juventud. Dice haberse inspirado por un lado en la huelga de estudiantes de la UNAM del 99, y por otro en una historia vivió el mismísimo Bob Dylan: la de un viaje que un día hizo este a un hospital de Nueva York para conocer a un músico al que veneraba. Güeros es en la superficie la suma de ambas cosas: el retrato de unos jóvenes que están en huelga de la huelga -aquí la denuncia-,  en busca, como hizo Bob Dylan, de un ídolo que se hace llamar Epigmenio Cruz -aquí la exploración interior-, que dicen –repetidamente-, hizo llorar precisamente a… sí, a Bob Dylan. Y esa canción que hace llorar a los inmortales, una canción que el público jamás escuchará –sí los personajes-, sirve de macguffin en el film.

Aunque cueste creerlo Ruizpalacios ha conseguido hilar sus dos fuentes de inspiración sin necesidad de forzar, simplemente utilizando las herramientas adecuadas, con maña. Durante los primeros minutos del film nada hace presagiar que la película caminará por las sendas que acabo de describir, pero desde el segundo uno impacta el estilo. Tiene carácter. Promete. Un adolescente hace una travesura que podría haber tenido consecuencias fatales, motivo por el cual es enviado por su madre a la capital para que su hermano mayor, un ser irresponsable al que de vez en cuando le ‘viene el tigre’, se responsabilice de él. Sale de Málaga y se mete en Malagón.

Este es el inicio del guión, pero no la premisa. La premisa, las premisas, son las ya nombradas… Tras las premisas, cuando Ruizpalacios despliega su guión sencillamente juega con el espectador, le confunde, le hace pensar que va a pasar lo que no pasa. Pasa lo que no piensa que puede pasar. Es un argumento imprevisible, muy vivo. Los personajes pasan de ser seres perdidos a ser seres que sienten. La transición es imperceptible porque es fluida, llegados a un punto nos olvidamos de cómo el director había presentado a estos personajes, dejamos de juzgarles, aunque al final, quizá por cerrar el círculo, por redondear el guión, nos lo recuerda con ciertas referencias.

Entre Godard y Buñuel anda el tema

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Sin embargo resulta difícil acompañar a los protagonistas y quedarnos con un trasfondo sin obviar que estamos viendo una película, una película en el más amplio sentido de la palabra. Ahora bien, la distancia que el director pone entre el espectador y los personajes que vemos en pantalla es intencionada. Se encarga de recordárnoslo del mismo modo que le gustaba hacerlo a Jean-Luc Godard: desmereciendo su propia obra, ironizando sobre el acierto de su ficción sin salir de su ficción, rompiendo sin romper la cuarta pared. Güeros tiene algo de Week-end, lo justo para no aburrir al personal. Siempre he pensado que en Godard hay que inspirarse, pero que imitarle es un error. No creo que sea necesario recrearse en una imagen o una idea más tiempo del necesario –siento confesar que para mí los minutos en algunas películas del director francés se hacen horas-, pero sí es necesario buscar esa imagen o esa idea. En ese sentido Ruizpalacios ha utilizado a Godard como referente de forma inteligente.

Cuando dejamos de ver a Godard, intuimos a Luis Buñuel, al Buñuel surrealista y al Buñuel humanista. Para el cineasta de Calanda hay referencias implícitas y también explícitas y burlonas, concretamente a Los Olvidados. Referencias que hacen que nos preguntemos si fue Buñuel quién enseñó a México o México quien enseñó a Buñuel. Bajemos al cineasta del pedestal y optemos por la segunda opción para ser justos.

Ruizpalacios ha puesto toda la carne en el asador para hacer su ópera prima, ha aplicado y aglutinado todo lo que puede uno aprender de los grandes maestros en Güeros. Ha rodado lo que se podría llamar una película exposición. En esta exposición hay un sinfín de genialidades, conceptos con los que se anima a los alumnos a jugar en las escuelas de cine y que sin embargo pocas veces quedan en un montaje final… ¿Por qué? No lo sé. Quizá por miedo a que lo tachen de retórica visual. Por suerte no es solo una película exposición. El hilo conductor es original, la letra también cuenta. Ahí es dónde está la auténtica frescura de Güeros, lo demás son referencias que sí, ya hemos visto, pero nunca dejarán de parecer visionarias. Ruizpalacios ha conseguido hacer propias cada una de las metáforas que muestra en el film.

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Que tenga que venir alguien con una ópera prima en blanco y negro y en 4:3 a recordarnos las posibilidades que el séptimo arte ofrece… no, no es triste, es esperanzador. El cine no es sota caballo y rey, la baraja tiene muchas cartas, la imagen se puede manipular de forma artesanal, sencilla y eficaz, tal y como nos enseñó el maestro Serguéi Eisenstein; los planos se pueden rodar desde multitud de ángulos, la cámara puede girar 180 grados, incluso 360. También se puede manipular el sonido, conseguir que éste contradiga a la propia imagen, demostrar que se pueden escuchar melodías en el más absoluto silencio.

En cualquier caso no podemos decir que Alonso Ruizpalacios nos haya iluminado con su cine, antes que él otros cineastas contemporáneos nos han recordado lo mismo, y una nueva camada, encabezada me atrevo a decir por Xavier Dolan, sigue esta estela de cine nostálgico y joven, pero… ¡qué gusto da ver películas como Güeros! No hay que decir adiós al lenguaje.

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· Año: 2014
· Duración: 107 min
· País: México
· Director: Alonso Ruizpalacios
· Guión: Alonso Ruizpalacios, Gibrán Portela
· Fotografía: Damián García
· Reparto: Tenoch Huerta, Leonardo Ortizgris, Sebastián Aguirre, Ilse Salas, Sophie Alexander-Katz

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