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Crítica de ‘El apóstata’, de Federico Veiroj

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E

s algo que me he planteado hacer tantísimas veces… Apostatar. No me odien los católicos apostólicos, pues mis motivos eran, son y serán los mismos que llevaron al protagonista de esta película –en la vida y en la ficción- a iniciar tan arduo trámite: borrar mi nombre de esa institución llamada Iglesia en la cual nunca elegí estar, a la cual, visto lo visto, todos los bautizados estamos condenados a pertenecer eternamente. Federico Veiroj hace un planteamiento gamberro sobre este complicado proceso, pero lo hace de forma inteligente, sin faltar al respeto. No hay insultos ni burlas explícitas hacia la Iglesia en su film sino poderosos argumentos. Argumentos para convencer sobre algo que forma parte de la libertad individual, tan protegida en los textos constitucionales como desamparada fuera de ellos. Álvaro Ogalla fue la inspiración del cineasta uruguayo, gran amigo con el que trabajó en la Filmoteca Española y que un buen día decidió comenzar los trámites para apostatar. Ogalla le comunicó la odisea y de ahí surgió un tratamiento que estaba destinado a protagonizar también ante la cámara.

El resultado es una película exagerada -o no, quizá no difiera tanto de la realidad-, evidentemente manipulada –por supuesto, y con gusto-, e irónica –bendita sea la ironía en los alegres tiempos de caos que se avecinan-, ahí radica la libertad del creador para proponer algo interesante, que marque, que permita que su obra no pase desapercibida.

Han sido el director y el recién estrenado actor los encargados de descubrirnos los referentes de su film en cada entrevista concedida: La audiencia de Marco Ferreri y La prima Angélica de Carlos Saura. Y seré yo quién les lleve la contraria. De la primera toma el enredo kafkiano y de la segunda la obsesiva relación del protagonista con su prima, pero por suerte, poco más. Quiero decir con esto que El apóstata en una película mucho más original de lo que parece. Gonzalo Tamayo, el personaje que interpreta Ogalla es completamente opuesto a Amadeo, aquel individuo que quería hablar con el Papa a toda costa en La audiencia. Para empezar buscan lo contrario… uno quiere salir y el otro entrar. Es difícil encontrar la bondad en Amadeo e imposible saber sus motivaciones (ahí está precisamente el interés de la película de Ferreri). Es un tipo correcto pero soberbio. Gonzalo  sin embargo es siempre claro, se explica, pregunta y responde. Es caótico, posiblemente un tipo incorrecto, pero es humilde. Es un ser patético y adorable. El personaje que nos presenta Veiroj es puro y por eso conecta con el público. Es un hombre honesto, porque es fiel a sus instintos y sentimientos, aunque le lleven estos a acostarse con su prima hermana. Pecador.

Por meterme con Saura diré que la relación que tiene Gonzalo con su prima es más carnal que  la que tiene Luis (Jose Luis López Vazquez) con Angélica. Lo que esconde en realidad la obra de Saura es una frustración política, e intuyo que en su caso, Veiroj, al mostrar esta relación incestuosa, apela más a las entrañas. La frustración en el El apóstata surge del enredo kafkiano y deja de ser frustración cuando el protagonista decide prescindir de la maraña y encontrar la paz, la independencia y la justicia por su cuenta. Muchos se lo tomarán como un fracaso, pero es la mejor de las victorias.

Las dos películas mencionadas sí tienen varios puntos en común que planean también sobre El apóstata: astutos y efectivos rapapolvos a la Iglesia -por su negativa e impuesta influencia-, y el espíritu de mi siempre amado Rafael Azcona –tras los guiones de Ferreri y Saura-. Y resalto lo segundo, porque Veiroj ha conseguido hacer lo que hacía Azcona en sus tiempos mozos… lo que a su modo también acostumbraba a hacer Buñuel.

Me explico, o lo intento: hay temas que exigen tal contención por el qué dirán, tal grado de sutileza, que van creciendo frágilmente como una pompa de jabón, y cuando alguien simplemente los roza estallan y salpican en la cara de los que vienen observando con estupor cómo aumenta su tamaño –escuece si tienes alguna herida abierta-. Eso ha pasado con El apóstata. Se habían hecho últimamente muchas películas sobre el ‘vuelva usted mañana’ que impera e imperará siempre, pero se echaba en falta una que se metiera con los representantes del santísimo con tanta inocencia y humildad… y picaresca -de otras maneras se meten otras-. Como lo hacían Azcona y Buñuel. Burlaban así la censura. Cierto es que ahora no se premia esta osadía, precisamente porque no hay censura a la que burlar. Más triste es lo que nos toca vivir: la autocensura, la que lleva a tantos a evitar meterse con ciertas eminencias por miedo no a la censura sino a la venganza, a las amenazas.

Muchos pensarán que me contradigo por hablar de provocación e inocencia a la vez, pero entiéndase que la provocación, la exageración, la ironía no funcionarían sin la inocencia y humildad. Es el contraste el que provoca el impacto y la reacción, las contradicciones del protagonista en este caso. Contradicciones sociales que no personales. Y por contradecirme algo más diré que además de tener el espíritu de Azcona y Buñuel, El apóstata tiene un toque felliniano en sus momentos oníricos. Y también algo del naturismo de Jodorowsky.

cartel de El apostata

El apóstata
F_Punt_5

· Año:2015
· Duración:80 mins
· País:España
· Director:Federico Veiroj
· Guión: Federico Veiroj, Álvaro Ogalla, Nicolas Saad, Gonzalo Delgado
· Fotografía:Arauco Hernández
· Reparto:Álvaro Ogalla, Bárbara Lennie, Vicky Peña, Marta Larralde, Kaiet Rodríguez, Juan Calot, Andrés Gertrudix, Joaquín Climent, Jaime Chávarri, Mercedes Hoyos, Álvaro Roig, Leo Fernández

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