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Crítica de ‘1898: Los últimos de Filipinas’, de Salvador Calvo

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Salvador Calvo da el salto a la gran pantalla abandonando así sus trabajos habituales en las series y las TV movies, y lo hace con una intención clara: recuperar episodios de nuestra historia para llevarlos al cine. Eso que tantas veces se ha demandado por parte de aquellos que saben que, entre desgracia y desgracia, la historia de España es tal vez una de las más ricas y completas del mundo. 1898: Los últimos de Filipinas cuenta la historia de cincuenta soldados y sus superiores, quienes se quedaron luchando en la aldea costera de Baler (al norte de Filipinas) cuando un agonizante imperio hispánico les había dado la espalda.

Bajo el mando del capitán Enrique de las Morenas (Eduard Fernández) y del teniente Martín Cerezo (Luis Tosar), un destacamento de soldados españoles se dispone a recuperar el pueblo filipino de Baler tras haber sido atacado por los rebeldes tagalos. Al llegar, encuentran una población que nos les recibe del todo bien, que no ondea la bandera española por ninguna parte y que el misionero allí destinado (Karra Elejalde) y el teniente al mando del anterior grupo de soldados (Javier Gutiérrez) son los únicos españoles que quedan en la zona.

La historia es algo así como El hundimiento (2004) versión imperio español: un constante van a venir y no sabemos cuándo. Todo esto termina generando un difícil clima entre el hambre, las enfermedades, las deserciones y las dudas. Para que todo salga lo mejor posible, capitán y tenientes tratan de dotar a los soldados novatos del mayor número de habilidades y preparar la iglesia para el asedio antes de que los rebeldes bajen de las montañas, para recibirles a golpe de máuser cuando eso suceda. Y por si fuera poca la melancolía épica que da ser los últimos en algo, defendiendo un territorio en este caso, los españoles tendrán que negar una ocasión tras otra la cada vez más clara evidencia de que la guerra ha terminado, de que España ha entregado Filipinas a Estados Unidos. Esto les hará preguntarse qué pintan ellos ahí, y al mismo tiempo dudar de Dios y de la patria.

Lo mejor de la película son los dos tenientes obstinados, que se instalan desde el primer minuto en la postura de aquí no se rinde nadie, aunque les estén dando plomo por todas partes. Javier Gutiérrez hace el papel de jefe cabrón, y lo hace perfectamente. Tal vez la esencia de la trama se resuma en ese ¡viva España, cojones! que su irascible personaje dedica entre tiros a los aldeanos mientras estos cantan alegremente, mientras dentro de la iglesia los soldados se están muriendo de hambre. De alguna forma refleja que esos hombres estaban allí -sin saber muy bien cómo, o si había posibilidad de victoria-, sólo porque tres tipos con galones les decían que no creyeran a los lugareños ni a los periódicos: era imposible que la guerra hubiera acabado. Más patriotismo que hombres y balas. Vamos a defender el pueblo porque sería una deshonra no hacerlo.

Luis Tosar le da un toque solemne a cada una de las escenas en la que aparece. Su papel es el de ese teniente que lo ha perdido todo en España, mujer e hija incluidas, y que busca en la guerra una suerte distinta, que no mejor. Inmenso Karra Elejalde como clérigo, y discreto aunque acertado Carlos Hipólito en el papel de un médico desbordado por los heridos. Un actor, este último, con el que ya había contado el director para diversos trabajos anteriores.

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Al final lo que quedó del sitio de Baler fueron 17 soldados españoles muertos frente a 700 filipinos, y la idea de que en este país al fin se aprovecha un acontecimiento histórico para hacer una buena película, excluyendo esas visiones partidistas de la Guerra Civil. Eso mismo que tan bien se le da a los americanos: convertir en taquillazo mundial cualquier episodio -por mínima relevancia que tenga en su corta aunque bien aprovechada historia como país-. En esta película tal vez se busque eso, rescatar y dar a conocer una historia de los últimos días del imperio. Hablar de la historia de España de una forma que no sea lo de siempre. Eso sí, en esta ocasión se trata con bastante dignidad al enemigo: los filipinos no son monos salvajes y brutos que buscan masacrar al de enfrente para embadurnarse con su sangre, sino un pueblo civilizado que lucha por su tierra, y que no duda en ofrecer cuartel varias veces a los españoles, agradeciendo así la labor desempeñada allí en los últimos 400 años, construyendo ciudades y dotando de cultura a los habitantes de la zona. ¿Se vería eso en una película de Hollywood? Más bien el enemigo de turno, ya sea ruso, alemán, español, inglés o vietnamita, sería un bárbaro sádico y desalmado. Y que viva la US Army que ha venido a salvarnos a todos. Los americanos no se libran de un cariñoso aunque desapercibido mensajito: ”vinieron a ayudarnos con los españoles y al final se quedaron”, dice un filipino. Típico del viejo tío Sam.

Está rodada, por cierto, en unos parajes espectaculares de Guinea Ecuatorial -no se rodó en el verdadero Baler, donde sí se grabó Apocalypse Now– con planos aéreos donde podemos apreciar la belleza del paisaje, que mezcla ríos, cataratas, aldeas, bosques y un océano infinito que separa a los soldados de casa.

En pantalla, la historia del sitio de Baler no tiene ninguna opción de salir bien. Y el mensaje que queda es el siguiente: no hay gloria en luchar por causas perdidas. Que cada cual se lo aplique como quiera. En taquilla, la película no debería tener problemas si el público es capaz de advertir la oportunidad de ir a ver cine histórico de calidad, pero hecho aquí.

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