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Crítica de ‘Calvary’, de John Michael McDonagh

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Es tentador, casi inevitable, comenzar la reflexión sobre Calvary del mismo modo que lo hace su propio director, John Michael McDonagh. Con una declaración impactante: “la primera vez que probé el semen tenía siete años”. Pocos son los compañeros que se han resistido a incluir estas palabras en sus críticas. Lógico y normal. Es la primera frase que escuchamos decir a un verdugo en potencia, sin rostro, fuera de plano. Es la primera frase que escuchamos escuchar al padre James desde su confesionario. Tras ella, una condena vehemente. Una condena a muerte. Acto seguido se nos informa de que el padre James, a pesar de haber sido condenado, es una buena persona, es inocente, como también lo era el que promete ser su verdugo cuando tenía siete años. Curiosa forma de equilibrar las cosas. Premisa fácil la de la Iglesia pervertida, pero efectiva.

No es la primera vez, ni será la última, que un sacerdote es utilizado como mártir en el cine, no es la primera vez que un personaje así ha de asumir los pecados de otros, es de hecho un supuesto recurrente, pero no recuerdo un cura tan auténtico y completo –salvo el que interpretó Richard Burton en La noche de la iguana que, en realidad, poco o nada tiene que ver…-, como el que interpreta Brendan Gleeson, irlandés de pura cepa llamado a ser actor fetiche de McDonagh.

Que una película atrape al espectador de semejante manera desde el segundo uno es muy complicado. Que le mantenga en ese mismo estado de principio a fin se puede catalogar como milagro. Al padre James le dan una semana para poner a punto su vida y su conciencia antes de ser ejecutado. Pero nada tiene ni puede hacer por su alma, él tiene la conciencia tranquila porque ha asumido que en este mundo terrenal no hay dioses sino humanos. Vemos así otro milagro: el de un cura que no juzga al prójimo.

En su segundo largometraje McDonagh nos invita a sentarnos a escuchar un sermón sin sentirnos sermoneados. Tercer milagro. Mejor que el de convertir el agua en vino. A pesar de atender al plano más mundano de la existencia no hay palabras banales en el guión, cada diálogo efímero esconde algo profundo sobre lo que reflexionar. Elegir la figura de un sacerdote para indagar en tantos asuntos carnales es un gran acierto, rodearle de personajes que personifican los siete pecados capitales otro… cómo se relacionan entre ellos es simplemente una genialidad. El cineasta británico ha tejido un argumento redondo, cargado de ironía y dolor.

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Y una vez hechas las presentaciones -en misa-, comienza el Cluedo, sin víctima y sin asesino. Los personajes se retratan, cada uno de ellos da buenos motivos para generar desconfianza, pero ninguno tan potente como para justificar una ejecución: todos adoran y odian al padre James a partes iguales, eso es algo que también ha asumido y, presumimos, sobrellevado con dignidad. Pero saber que uno de ellos acabará con su vida le hace sucumbir y estallar. Es humano, recuerden. Ver cómo está presentada esa transformación, cómo pasa de la tolerancia a la intransigencia e incluso de la garra a la autocompasión y la cobardía es impactante. Gleeson transita por todos esos estados de una manera magistral, contagia su serenidad y también su nerviosismo… Dicho esto he de admitir que lo que personalmente más valoro de Calvary es que gracias a Dios, Dios no es en ella omnipresente.

 

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· Año: 2014
· Duración: 100 min
· País: Irlanda
· Director: John Michael McDonagh
· Guión: John Michael McDonagh
· Fotografía: Larry Smith
· Reparto: Brendan Gleeson, Kelly Reilly, Chris O’Dowd, Aidan Gillen, Domhnall Gleeson, David Wilmot, Dylan Moran, Marie-Josée Croze, Killian Scott, Isaach De Bankolé, M. Emmet Walsh, Pat Shortt, Gary Lydon, Orla O’Rourke, Owen Sharpe, David McSavage, Michael Og Lane, Mark O’Halloran, Declan Conlon, Anabel Sweeney

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